Bad Lands, de Oakley Hall

Volvemos a las aventuras, un poco más relajadas, de la mano de Oakley Hall. Si Jack Vance nos mostró en el primer tomo de la trilogía de Lyonesse lo que es un ritmo frenético y, a fin de cuentas, entretenimiento puro, Oakley Hall nos enseña cómo entretener con una historia más pausada.
Bad Lands no es un relato de vaqueros. Estos están en segundo plano, y la acción está ausente en gran parte de la novela, por no decir que es casi nula. La figura de los vaqueros es realista. Los pone en el lugar histórico que les corresponde, así como Hiroshi Hirata hace lo propio con los samuráis, a saber, quedan retratados como meros empleados o peones de ranchos, mercenarios incluso. El vaquero cazarrecompensas de Leone se queda muy lejos, si no de la realidad, sí de esta novela, relegando el puesto del vaquero autónomo a aquel que trabaja sin amo (cual samurái errante) y se dedica, mayoritariamente, a la caza o a venderse como mercenario; esto es, soldado del rancho.
Oakley Hall inicia así una novela política donde sucumbe una lucha por los privilegios y derechos personales, donde una contradicción moral y cristiana se opone a los medios que supondrán un fin. El protagonista está a medias entre el Este, su deber; y el Oeste, su pasión o, más bien, su escape, su desahogo. Estos dos polos se contraponen: el Este es el progreso, la vida civilizada y la industrialización; mientras que el Oeste supone la vuelta al mundo feudal, los valores tradicionales y la oposición al cambio.
La novela nos sumerge en una época en la que la conquista de la frontera americana llega a su fin. Los indios americanos son trasladados en grandes movilizaciones hacía el oeste con la falsa promesa de tierras fértiles, y la llegada de nuevos granjeros importuna a los viejos rancheros, que se veían privados de las tierras baldías que usaban para pastar. Entre todo esto, el protagonista se sume un conflicto interno en busca de lo correcto y lo moral, etiquetas que pueden entrar en contradicción en más de una ocasión.
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