La oruga, de Suehiro Maruo

Maruo relaciona muy íntimamente la vegetación con el sexo, creando así metáforas visuales sugerentes.

Definir con exactitud qué es el terror es una tarea raramente factible. Para los de mi generación, que vimos las salas de cine repletas de películas slash gore, asesinos en serie tipo La matanza de Texasremakes de cintas clásicas mucho peores que las originales, o secuelas, precuelas o spin offs de películas punteras, tendemos, creo, a cierto escepticismo en cuanto al género. Porque eso no da miedo, solemos decir: no produce lo que se entiende por miedo; ese sentimiento irracional, una inseguridad  repleta de puntos oscuros: miedo a la muerte, miedo al futuro, miedo a una catástrofe. A la desdicha, en general. ¿Qué es el miedo, entonces? ¿Es lo desconocido? ¿Lo irracional, la maldad, la tragedia, la oscuridad? ¿O es un hombre con una motosierra?
Definir el terror, por tanto, es algo complicado y siempre será, por mucho que se intente, algo impreciso. Aunque es mucho más fácil decir que todo es válido y que simplemente nos enfrentamos a tipos distintos de miedos. Y al igual que sucede en la vida real, la literatura, y el cómic en este caso, puede mostrarnos todo tipo de posibilidades y ofertas. Suehiro Maruo nos ofrece su versión particular del terror. Y aunque lo que hace Maruo es algo bastante alejado a los estándares de terror, sí que es cierto que nos presenta una obra escabrosa y completamente amoral y tenebrosa.
La historia de Edogawa Rampo nos sitúa unos años después del fin de la Guerra ruso-japonesa, a finales de la era Meiji (1868-1912). Sōseki es un gran exponente de la literatura de la época, y una constante en sus novelas es la angustia que sufren sus protagonistas a causa de la apremiante occidentalización y modernización que está sufriendo un país que, por un lado, la rechaza, y por el otro, la necesita. La pérdida de un espíritu nacional en pos del avance socio-económico produjo una inseguridad que se aparecería en obras literarias como la de Edogawa Rampo o la del mismo Sōseki. El desarrollo también se produjo a nivel militar, y las fuerzas japonesas se vieron muy reforzadas. Como consecuencia, las guerras posteriores cobraron un cariz diferente: las anticuadas batallas se vieron sustituidas por encarnizados enfrentamientos con armamento moderno, y esto produjo que los resultados fuesen más devastadores si cabe. La oruga surge como consecuencia de estos enfrentamientos. Los heridos de guerra llegaban más deformados que nunca y con heridas mucho más perturbadoras. (Ver sinopsis).
Con este contexto, la historia se desarrolla plenamente por los derroteros más habituales del autor; sus temas, su estilo. El terror en Maruo no se centra en escenas escalofriantes ni situaciones paranormales, sino que concentra sus labores en incrustar en el lector un sentimiento de repelencia, de repulsión hacia algo desagradable o grotesco, pero que al mismo tiempo tienta y provoca con cierta morbosidad. Maruo crea, sobre todo en esta historia, lo que yo denominaría “morbo macabro”. Y nos pilla completamente desprevenidos; nos descubre disfrutando con escenas tan tremendamente desagradables, malsanas e inmorales como atractivas y sugerentes. Nos pilla disfrutando de un tebeazo, vaya.
De este cómic también hablan:
Marc Bernabé (en Mangaland), con un repaso a la obra de Maruo en España.
Gerardo Vilches (en The Watcher and the Tower), con una visión bastante cercana a la mía.
Alberto García Marcos (en Entrecomics), que habla de Maruo desde el punto de vista del cómic underground.
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2 respuestas a La oruga, de Suehiro Maruo

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