Blanco, de Jiro Taniguchi

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Blanco. Qué decir; qué decir que no se sepa. ¿Que Jiro Taniguchi es bueno? Creo que lo sabemos. ¿Que dibuja bien? Sería casi insultarlo. Voy a empezar la reseña diciendo algo de perros. Allá va:
Creo que la devoción de Jiro Taniguchi por los perros es una de las mejores cosas que le ha podido pasar, en general, no sé… a la vida. A la cabeza me vienen Blanco, El Sabueso; en El Caminante sale un perro, en Enemigo y en El almanaque de mi padre también, y luego todos esos cómics naturalistas, rebosantes de amor al campo, a lo salvaje; llenos de verde y animales. Maravilloso. Sobre todo si nos deja imágenes como la de arriba.
¿Pero qué nos dice Blanco? Bueno, lo primero es que los que tengamos los dos tomos de la edición de Ponent Mon no tenemos la obra completa, pues son cuatro volúmenes. Aún así, creo que en el segundo tomo termina, por llamarlo de alguna manera, el primer arco de la historia, así que no tenemos algo 100% inconcluso.
Blanco es un thriller (por fin entro en materia). Es una historia loquísima llena de espías rusos, un cazador bravucón japonés asentado en Alaska, un científico secuestrado, un gobierno malvado, un periodista, un montón de hostias, pistolas, helicópteros, tiparracas y de todo. En general, una cosa muy rebuscada y absurda que no tiene ningún interés, pero cuyo punto fuerte (¡vaya!) es muy fuerte: Blanco, el perro, y su viaje en solitario. Porque mirad: tenemos un megaperro asesino (perdonad la expresión) al que es inevitable querer, y es que a pesar de su agresividad y de su inteligencia sobrenatural, Blanco representa todo lo bueno que el hombre (casi) ya no tiene: esa candidez, esa lealtad y nobleza; la comprensión mutua, un amor primitivo hacia lo bueno y lo que es agradable. Por decirlo finamente, Blanco representa la filosofía “Déjame en paz; me la suda lo que pienses”.
¿Por qué, entonces, querríamos leer sobre espías o cosas que explotan si tenemos a Blanco en el centro de todo, protagonista indiscutible, como dueño de la escena? Y no digo que lo otro esté mal: simplemente que no pega, que satura, sobra; con Blanco nos basta. Por eso es una pena que Jiro Taniguchi meta páginas y páginas de tíos malísimos haciendo cosas malísimas, o de hombres incorruptos con corazones puros y bravos que resultan tan vacíos como aburridos. No. Lo que queremos es ver a Blanco correr, dar saltos, cazar un oso (¡un oso!) y ser un perraco, que es lo que es. Ese es el fallo de la obra, que la cosa se va por las ramas y ya no interesa.
Pero es que Taniguchi sigue siendo muy bueno. Está todo muy bien hecho, y las historias de los protagonistas se intercalan lo suficientemente bien como para no llegar a aburrir. Además, nos sorprende el nivel de detalle de cada página: un dibujo detalladísimo, perfecto (tal vez demasiado perfecto), en el que vemos un trazo grueso muy distinto al que nos acostumbra ahora, tan delicado y fino. En general, un Taniguchi más primitivo, menos maduro, pero hasta cierto punto interesante. Bien Blanco (el perro, no la obra), regular lo demás.
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