En el bosque, bajo los cerezos en flor, de Ango Sakaguchi

sakaguchiHagamos esto breve:

Entrar en el mundo imaginario de Ango Sakaguchi es una experiencia, cuanto menos, irrepetible. Un poco porque no te lo esperas, un poco porque la naturaleza salvaje e instintiva con la que están impregnados los relatos sorprende lo suficiente como para dejarte un rato mirando la pared.

Ango Sakaguchi pertenece a este grupo de escritores japoneses de principios de siglo que murieron, por una razón u otra, demasiado jóvenes. Osamu Dazai se suicidó a los 39 y Akutagawa a los 27. Shiro Hamao era débil y murió enfermo, y Miyazawa más de lo mismo. El caso de Ango Sakaguchi, según el epílogo, se debió  al alcohol y los somníferos y una mala vida en general. Es especialmente interesante el apunte final de Jesús Palacios, pues nos aclara el contexto en el que estos relatos se concibieron; a saber, aquella corriente decadente que surgió después de la derrota en la segunda guerra mundial, y que quiso simbolizar la pérdida de valores e identidad tan cacareada ya. Los autores de este grupo llamado Buraiha se entregaron en cuerpo y alma a una decadencia que revertía los antiguos valores de valentía (aquellos del seppuku) y los convertía en cobardía. Su sacrificio no era producto del valor, sino del miedo. No eran héroes, sino víctimas [Jesús Palacios].

Por eso no vemos héroes en los tres relatos de Sakaguchi, sino hombres consumidos por sus propios vicios, arrastrados a un final trágico ya sea por una corrupción genuina o por una producida por la influencia de una fuerza negativa irresistible. Y todo dentro de un ambiente ciertamente bucólico, rodeado de naturaleza y primitivismo, un regreso al ser de antaño, pero embriagado por cierta oscuridad, como si esa naturaleza salvaje escondiese una parte siniestra y peligrosa. Es un mundo muy japonés, lleno de sus tradiciones y su cultura, muy folclórico, que añaden a ese ambiente un aire clásico y plástico. Poco más que añadir, relatos que se leen rápido, sorprendentes, bien escritos y traducidos, una edición correcta con una portada estupenda y un epílogo de quitarse el sombrero. ¿Qué más quieres cuerpo mío?

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