No hay bestia tan feroz, de Edward Bunker

Wilshire BoulevardNo hay bestia tan feroz acaba de noquearme. Cuando pensaba que, aunque no los hubiese leído, controlaba más o menos a todos los grandes nombres del género, llega Bunker con este libro y te deja inerte en el suelo varios minutos. Intentas levantarte y recomponer un poco la escena, pero no tienes más remedio que incluir al autor en ese grupo. Pero me molestaría que se hablase de No hay bestia tan feroz, o del autor en general, únicamente como una novela de género. Es absurdo a veces ese afán clasificatorio que tanto nos mueve y que acaba por reducir el material que manejamos a meras etiquetas a partir de las cuales juzgamos, y que ineludiblemente acaban influyendo en nuestro juicio.

No hay bestia tan feroz, que se lee en un respiro, es una gran novela negra; una buenísima novela sobre los bajos fondos de Los Ángeles. Pero eso es bastante fácil de imaginar. Bunker intenta retratar a los presos que salen de la cárcel, su situación, sus problemas y los impedimentos con los que la mayoría se topan a la hora de rehacer su vida. Es difícil ponerse en el lugar de alguien cuya vida ha transcurrido entre la peor de las miserias; la situación de alguien que se ha visto obligado a actuar en consecuencia es una posición que rara vez tendremos ocasión de comprender. Y ese es el papel de esta novela. Max Dembo, a ojos de cualquier ciudadano de bien, no sería más que una alimaña peligrosa; un hombre corrupto que incomprensiblemente se ha alejado de la buena conducta para formar parte de la baja ralea que puebla los barrios llenos de drogadictos, ladrones, chulos y timadores. Bunker cruzó la linea que divide a esos dos tipos de hombre, se convirtió en un ciudadano reformado, y puede hablarnos desde la perspectiva del que conoce y ha vivido ambas partes.

Por eso Max Dembo sale de la cárcel con la convicción de reformarse, de ser un hombre nuevo. Quiere atenerse a lo que la sociedad espera de él, y no va a ser él quién la contradiga. Pero esta no parece estar dispuesta a aceptar a un ex preso tan fácilmente; es recelosa y desconfía. Max Dembo no tiene más remedio que rebelarse ante lo que considera injusto, y se convence a sí mismo diciendo que su naturaleza se mide con otra escala, que no es como todo el mundo y que este mundo no está dispuesto a aceptar lo que es distinto. Y cuando su naturaleza florece es cuando vienen los problemas.

—Tiene que darse que cuenta de que yo no soy como usted. Soy un hombre con mucho pasado y eso me ha marcado el carácter y me ha complicado la vida. Eso no quiere decir que esté destinado a ser una amenaza para la sociedad. Si creyera que mi futuro va a ser como pasado, me suicidaría. Estoy cansado. Puedo hacer concesiones y mantenerme dentro de los márgenes de la ley, pero nunca voy a ser un tipo de esos con mujer, hijos y casa en el valle de San Fernando. Me gustaría ser como él, pero no lo soy. Y amenazándome no va a conseguir que cambie.

Es su agente de la condicional el hombre que representa a esa sociedad cuyos valores son tan distintos a los del protagonista, tan alejados de su patrón de comportamiento, de su pasado y de su naturaleza. Dembo intenta mostrarle su punto de vista y a partir de ahí trabajar juntos en su reinserción:

—Si usted cede un poco, yo también cederé. Puede pedirme sólo que no comenta ningún delito, no que viva según sus principios morales. Si eso es lo que la sociedad quería de mí, no me tendría que haber metido en orfanatos y reformatorios, y haberme deformado el carácter. Y así he pasado ocho años. Joder, después de eso, ya nadie puede ser normal. Sólo le pido que comprenda lo difícil que es mi situación. Sólo conozco a ex presidiarios, estafadores y prostitutas. Ni siquiera me siento cómodo con los que respetan la ley. Me gustan las prostitutas y no las buenas chicas. No necesito ninguna explicación freudiana, que al fin y al cabo, tampoco cambiaría las cosas. Pero que prefiera acostarme con una prostituta no quiere decir que vaya a perforar una caja fuerte con un soplete de acetileno.
—Quieres decir que quieres tener permiso para hacer de chulo.
—¡No, claro que no! Lo que quiero que entienda es que las personas no se pueden reducir a fórmulas.

Edward Bunker nos muestra al hombre que lucha contra su naturaleza para complacer a la sociedad. Cuando nos habla de su lucha interna, nos habla de los problemas que ha de superar, de los obstáculos que debe saltar. Bunker establece una relación directa e íntima a través de la primera persona con el protagonista de la novela. Nos hace comprender su situación, sus problemas, y hasta nos hace ver que sus decisiones a lo largo de su vida no son más que una mera consecuencia de su situación. Instinto de supervivencia en la megalópolis californiana. No todo es blanco o negro y, como dice al final de la novela, la realidad no se reduce a los hechos:

Por eso me puse a escribir mi historia, lo cual ha sido un arduo trabajo, sobre todo en los momentos en los que mi relato no conseguía reflejar toda la verdad. Esta carencia no se debe a mis mentiras, sino al hecho de que la verdad es complicada. Los imbéciles creen que la verdad es algo sencillo, pero yo he descubierto que no es así. Los hechos que he descrito son reales, pero los hechos y la verdad son primos lejanos, no hermanos de sangre.

Max Dembo es un personaje al que crees, con el que puedes empatizar. Es un criminal, un hombre posiblemente muy distinto a ti a mí y a la mayoría de personas que lean esta novela. Pero humano, al fin y al cabo, que actúa como cree que debe para sobrevivir a lo que él considera una selva mecánica que no está hecha para él. No hay bestia tan feroz es una lectura recomendabilísima. He disfrutado mucho y la he leído rapidísimo. No hay duda: en breve iré a por otro Bunker.

Max Bunker
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