Kromer contra Hansum

hoboHay un mal que, una vez se apodera de ti, lo es todo. Kromer lo sufrió; Hamsun lo supo plasmar. No es la nostalgia, ni la pena, ni el dolor físico, ni el sueño ni el miedo. Y como si yo fuese portavoz de aquello por lo que pasan sus personajes: ¿qué es la la vergüenza, la razón, la dignidad, cuando se tiene hambre?

Los libros sobre los que quiero hablar son Nada que esperar, de Tom Kromer, publicado el mes pasado por Sajalín Editores, y Hambre, de Knut Hamrun. Uno de ellos tiene un premio Nobel, el segundo; el otro vive olvidado excepto por alguna reedición de esta obra, una especie de autobiografía ficcionada sobre sus años de hobo, vagabundo errante que durante la Gran Depresión vivió en albergues cristianos, durmió bajo la lluvia, bajo puentes, en trenes que no iban a ninguna parte y pasó hambre, mucha hambre. El protagonista de Hambre también sufre de una manera similar. Ambos son hombres errantes con estudios, formados, pero tremendamente desgraciados. No tienen para dormir bajo techo, no tienen para comer ni para calentarse; no tienen dinero. Tienen, en cambio, dignidad, una opinión crítica, una mente lúcida; tienen vergüenza, pero lo pierden todo, las ganas de vivir,  las ganas de salir del hoyo; pierden su fuerza crítica, el orgullo, la dignidad, y no porque tengan frío, porque llueva y no quieran dormir en un banco, sino porque tienen hambre. Les da igual vivir como pordioseros; se castigan y se culpan –«un miserable como yo»-; les da igual dormir en la calle, porque lo hacen a solas, o lo hacen con otros como ellos; pero tienen hambre, y para ello que hay que pedir, porque no hay trabajo y hay que echarle cara, y eso es lo que más les duele.

No voy a irme por las ramas. Ambos son libros magníficos, cada uno a su manera: Nada que esperar es mucho más directo y duro, una especie de diario de anécdotas de su guerra personal: las noches en los albergues, el desprecio y la indiferencia de aquellos que tienen para llenarse la barriga; los que se mueren de frío, los que se mueren por malnutrición o los que acaban drogados para soportar el dolor. Hambre es mucho más literario y más redondo. Las extravagancias del protagonista, un hombre destinado al fracaso por bondad, por inocencia, tal vez; una especie de Raskólnikov que no llega a matar, ya sean el miedo, la dignidad o la falta de agallas lo que se lo impide. Dos obras que, para mí, consiguen lo que toda literatura de calidad debe ofrecer: un nuevo punto de vista.

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